La imagen del intelectual soriano instalado en una cueva junto al Duero, rodeado de fichas sobre Picasso y de reproducciones de Paul Klee que se recrea en 'El Santero de San Saturio' define mejor que cualquier currículum quién era Juan Antonio Gaya Nuño. Su magistral obra está plagada de referencias culturales nacionales e internacionales que repasamos en este reportaje.
Juan Antonio Gaya Nuño llegó (literariamente hablando) a la ermita de San Saturio en octubre de 1951 con una maleta llena de libros. En ella ‘convivían’ Santa Teresa y Sartre, Baroja y Dostoievski, Proust y Baltasar Gracián, la Biblia y Valle-Inclán.
Fue una biblioteca portátil que cruzaba siglos, lenguas y tradiciones sin que a su dueño, el santero de la novela, le pareciera necesaria ninguna justificación. Para él, todos "venían en calidad de amigos". Y alguno de los escritores o poetas hasta lo fue para el autor que, al menos, tuvo la oportunidad de conocer.
Gaya Nuño fue historiador del arte, crítico, escritor y cronista, pero sobre todo fue alguien capaz de moverse con igual soltura entre la vanguardia europea y la taberna soriana, entre lo universal y lo profundamente local. ‘El santero de San Saturio’ es el documento más vivo de esa pluralidad.
El proyecto intelectual más ambicioso que el santero de Gaya Nuño llevó a la ermita era su ‘Bibliografía crítica de Picasso’ (Gaya Nuño publicaría en 1975 el libro ‘Picasso’) trabajo que avanzaba entre visitas de turistas y rondas semanales de limosna por las calles de Soria.
Que eligiera a Picasso como objeto de estudio en 1951, en la España franquista, ya dice algo de su independencia de criterio. Pero lo más revelador no es que estudiara al pintor malagueño, sino cómo integraba esa mirada en su vida cotidiana.
Gaya Nuño enseñaba reproducciones de Klee, Chagall y Miró a sus amigos de las tabernas —carreteros, guardapuertas, gentes humildes sin formación académica— y quedaba maravillado por sus reacciones. Ante un Klee exclamaban “¡Coña, qué gata!”; ante un Miró casi abstracto, “¡La de personal que hay aquí metido!”. Los llamaba “refinadísimos connoisseurs (conocedores)” y lo decía en serio.
En estas escenas, Gaya parece reflejar su convicción de que la intuición estética no es patrimonio de los instruidos, y de que el arte de vanguardia no necesita traducción cuando se mira sin prejuicios.
Gaya conocía las artes plásticas. Su santero lamenta que Soria no haya tenido pintores a la altura de su paisaje y no se queda en la queja, sino que reconstruye la paleta que necesitaría ese pintor soriano imaginario.
Lo hace a partir de los versos de Machado y Gerardo Diego —“plateadas colinas, grises alcores, cárdenas roquedas”, “un rosa de rubor, un amarillo augusto”—, una paleta que coincidiría —asegura— con la de Aureliano de Beruete o Darío de Regoyos.
‘El santero de San Saturio’ incluye así la crítica de arte, plasmada a modo de elegía, del universal Gaya.
Uno de los capítulos más ambiciosos del libro es el dedicado a los poetas, y su figura central es Antonio Machado.
Gaya Nuño lo trata como un contemporáneo cuya mirada fue decisiva para que los propios sorianos aprendieran a ver su tierra. Y su argumento es provocador: Machado, sevillano, vio en el paisaje de Soria lo que ningún nativo había sabido ver. Los sorianos conocían el verano y el invierno, pero "no supieron de la primavera silenciosa y humilde" hasta que llegó aquel joven profesor de francés que bajaba por el Collado, rebasaba San Pedro, atravesaba el puente y se adentraba por la ribera de chopos.
La idea de que los ojos ajenos ven más que los propios es una de las constantes del pensamiento de Gaya Nuño. La aplica también a Unamuno en Salamanca e, implícitamente, a sí mismo: él también es un soriano que ha necesitado salir y volver para comprender su ciudad.
Con Gerardo Diego, el otro gran poeta soriano de adopción, es más generoso en lo afectivo y más matizado en el juicio. Su poesía es "quizá no tan honda como la del maestro Machado, pero encantadora por lo musical, suelta, fácil y cariñosa".
Gerardo Diego aparece en 'El Santero', además, como figura casi personal: Gaya Nuño lo describe físicamente, menciona a su novia de ojos verdes, cita de memoria sus versos más íntimos. La crítica literaria y la memoria autobiográfica se confunden sin que el texto se resienta.
Uno de los momentos más chispeantes del libro es su diagnóstico del "papanatismo" cultural de la burguesía soriana. Los jóvenes del Casino de Numancia que se visten de esmoquin, ponen discos de Frank Sinatra y hojean números de 'Life' sin entender una palabra de inglés son fustigados con una precisión que solo puede tener alguien familiarizado con lo que están imitando mal.
La referencia es deliberada: Gaya Nuño contrapone ese simulacro americano a "las modestas, burguesas cachupinadas de la Europa de Proust y de Toulouse-Lautrec". Es la constatación de que la cultura burguesa europea, con todas sus limitaciones, al menos exigía un cierto esfuerzo —representar a Roberto el Diablo requería estudiar, ensayar, conocer lo que ocurría en la Europa coetánea—, mientras que el sucedáneo americano no requería nada más que gestos.
Esta postura sitúa a Gaya Nuño en una posición singular dentro de la España de 1951: ni el casticismo reaccionario que miraba hacia adentro, ni el entusiasmo acrítico hacia lo anglosajón. Su modelo era una modernidad europea que incluía a Sartre junto a Gracián, a Klee junto a Machado.
Entre las referencias del libro hay una que sobresale por su carga política y personal. En el capítulo sobre Numancia, Gaya Nuño cuenta que visitó las ruinas celtibéricas acompañado de Federico García Lorca, "seguidos de guardias civiles". Era el año 1932. Entonces, le preguntó su opinión sobre la pareja de tricornios. Lorca contestó: "Creo que son lo único efectivo que hay en España." Gaya Nuño cierra el recuerdo en 1951 con cuatro palabras: "No se equivocó Federico."
La frase es una bomba de relojería colocada en el centro de un libro publicado en 1953, en pleno franquismo. Citar a Lorca, fusilado en 1936, como testigo de la omnipotencia de la Guardia Civil en España era una forma de decir mucho diciendo aparentemente poco.
En un país donde nada funcionaba en opinión del poeta, solo funcionaba la represión. Lorca, que poco después moriría precisamente a manos de fuerzas similares, estaba describiendo sin saberlo su propio destino.
Gaya convierte aquí la crítica en arte. La mención a Lorca, leída superficialmente, parece un elogio de la Guardia Civil. Solo quien conoce el contexto —quién era Lorca, cuándo lo dijo, por qué murió— entiende que es exactamente lo contrario: una denuncia de que España funcionaba únicamente a través de la fuerza y el miedo.
Esa misma capacidad de ver más allá de lo inmediato aparece en un momento aparentemente menor del libro: la descripción de una monja francesa en la iglesia del hospital de Soria, la superiora Masoeur. Gaya Nuño la retrata como "fuerte y templada" y especula con que, de haber vivido más, "sería lectora de Bernanos, Mauriac, Maritain, y hasta puede ser que de Sartre".
Gaya solo necesitó cuatro nombres. A través del novelista católico, el ensayista cristiano, el filósofo tomista y el existencialista ateo traza un arco que va desde la fe más comprometida hasta su negación.
Esa misma tensión la sostiene el propio Gaya Nuño a lo largo de todo el libro.
El protagonista es un hombre que cuida la ermita de un santo sin ser religioso, que estudia a Picasso en una cueva medieval, que cita a Dostoievski y a Eça de Queiroz en la misma frase, que llora al torero soriano muerto y escribe sobre Numancia como si el presente y el siglo II antes de Cristo fueran la misma cosa.
Lo que hace singular a Gaya Nuño en el panorama intelectual español de su tiempo no es la amplitud de sus lecturas —había otros eruditos con bibliotecas igual de extensas en la época—, sino la pluralidad de ideas y la ausencia de jerarquía entre ellas. En su mundo, Klee y el escabeche, Lorca y el Casino de Numancia, Proust y la taberna del Garrín ocupan el mismo plano. No hay cultura alta que mire por encima del hombro a la cultura popular, ni costumbrismo que se avergüence de sus referencias europeas.
Eso es lo que convierte a 'El santero de San Saturio' en algo más que una crónica de la Soria de 1951. Es el retrato de un tipo de intelectual que España ha producido pocas veces: alguien que conocía a Lorca y bebía con los enterradores, que estudiaba a Picasso y se enorgullecía de que un labrador analfabeto entendiera a Miró mejor que muchos críticos.
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