Soria abrió sus puertas a cientos de ucranianos cuando Rusia invadió Ucrania en 2022 y, más de cuatro años después, el conflicto sigue formando parte de la vida cotidiana de muchos de ellos. Mientras la invasión rusa ha desaparecido de las portadas y las posibilidades de un acuerdo de paz parecen cada vez más lejanas, decenas de familias asentadas en la provincia continúan pendientes de los combates, de las llamadas a sus seres queridos y de un país al que ya no saben si podrán (o querrán) regresar.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, la comunidad ucraniana de Soria apenas superaba el centenar de personas. La guerra multiplicó esa cifra por tres y convirtió a la provincia en refugio para decenas de familias que escapaban de los bombardeos. Hoy, aunque el conflicto ya no ocupe el mismo espacio en la actualidad, sigue marcando la vida de quienes encontraron aquí un hogar mientras esperan noticias de familiares atrapados en uno de los mayores desplazamientos de población que se ha vivido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
El 24 de febrero de 2022, Soria apenas contaba con 120 ciudadanos ucranianos empadronados. Ese día, la invasión de Rusia a Ucrania cambió por completo esa realidad. Desde marzo de aquel año comenzaron a llegar familias enteras que escapaban de los bombardeos. Solo durante 2022 cerca de 300 ucranianos fijaron su residencia en la provincia. El flujo continuó durante los años siguientes, aunque con menor intensidad después de más de cuatro años de conflicto. Únicamente 13 nuevos ciudadanos han establecido aquí su residencia este año, según la actualización del Instituto Nacional de Estadística, un dato que refleja una realidad distinta: el gran éxodo ya pasó, pero la guerra sigue empujando a quienes aún consiguen escapar.
Quienes no pudieron hacerlo permanecen atrapados en un conflicto que ya ha desplazado a casi 10 millones de personas. Entre 5,7 y 5,9 millones sobreviven como refugiados fuera de Ucrania, mientras otros 3,7 millones continúan desplazados dentro del país. España es ya el cuarto país europeo que más protección temporal ha concedido, con más de 264.000 refugiados acogidos. Iryna forma parte de esa estadística, aunque ninguna cifra alcanza a explicar lo que supone abandonar un país sabiendo que una parte de la familia se queda atrás.
Llegó a España en 2022. Primero se instaló en Valencia. En 2023 encontró en Soria el lugar donde empezar de nuevo junto a su marido. Aquí habla de tranquilidad, de la ayuda recibida por Apip-Acam y de la acogida de los sorianos. "Cuando llegamos nos ayudó Apip-Acam y toda la gente fue muy amable", recuerda. Su marido, asegura, está plenamente integrado. "Le gusta mucho Soria."
Pero la paz termina cuando marca un número de teléfono. Su familia continúa en Lugansk, en pleno Donbás.
Para entender su historia hay que mirar el mapa. El Donbás, formado por las provincias de Lugansk y Donetsk, lleva más de una década viviendo en guerra. En 2014 comenzaron los enfrentamientos entre Ucrania y las milicias separatistas prorrusas apoyadas por Rusia. Ocho años después llegó la invasión a gran escala.
Hoy, Moscú controla prácticamente toda la provincia de Lugansk y buena parte de Donetsk, a 150 kilómetros al sur, donde los combates continúan alrededor de ciudades estratégicas en una guerra de desgaste que apenas modifica el frente, pero que sigue destruyendo vidas.
Allí permanecen el hermano mayor de Iryna y su cuñada. "Mi hermano y mi cuñada no pudieron salir", explica a Soria Noticias, a quien confiesa que su preocupación diaria ya no son únicamente las bombas. "En Lugansk no hay médicos. La medicina está muy mal. Mi hermano tiene 70 años y mi cuñada es aún más mayor. No se encuentran bien y necesitan doctores que no tienen."
La guerra ha vaciado hospitales, ha deteriorado los servicios públicos y ha convertido algo tan cotidiano como acudir a una consulta médica en un privilegio. Las dificultades para abandonar la región ocupada agravan todavía más esa situación. Rusia opera bajo presupuestos de conflicto largo y controlado, buscando asfixiar los recursos humanos y materiales, aunque la huida es igualmente complicada. "Ahora mismo no es posible salir de Lugansk. Las carreteras son muy difíciles", aclara Iryna.
Ella logró escapar por carretera durante los primeros meses de la invasión. "La policía rusa hacía muchos controles. No eran amistosos", recuerda, al tiempo que explica que su hogar ya tampoco le pertenece. "No sé quién vive allí. La han ocupado los rusos", dice.
La guerra también ha roto las relaciones personales y es que Lugansk está controlada de forma casi total por las fuerzas rusas y los ucranianos que permanecen en la ciudad son afines a los soviéticos. "No queremos volver porque yo no puedo hablar allí. Muchas de mis amigas y amigos que quedan son prorrusos y es muy difícil hablar con ellos. Hablamos idiomas diferentes", explica Iryna.
Mientras Iryna reconstruye su vida en Soria, el conflicto continúa empeorando para quienes permanecen en Ucrania. Naciones Unidas ha podido verificar más de 65.000 bajas civiles desde febrero de 2022 —16.431 personas fallecidas, entre ellas más de 800 niños, y 48.613 heridas—, aunque insiste en que el número real es considerablemente superior porque resulta imposible documentar lo ocurrido en muchos territorios ocupados o sometidos a intensos bombardeos.
Lejos de disminuir, la violencia se ha recrudecido. Durante el primer semestre del año las víctimas civiles aumentaron un 37% respecto al mismo periodo del año anterior. Rusia ha intensificado los ataques con drones y misiles sobre ciudades alejadas del frente como Kyiv, Zaporiyia, Dnipró o Járkov, mientras Ucrania responde con operaciones cada vez más profundas dentro del territorio ruso. La guerra se ha convertido en un conflicto de desgaste en el que ninguno de los dos bandos logra avances decisivos, pero la población civil continúa pagando el precio.
A esa amenaza se suma otra menos visible. Los ataques sistemáticos contra centrales térmicas e hidroeléctricas han dejado gravemente dañada la red energética ucraniana. El próximo invierno vuelve a plantearse como una carrera para garantizar electricidad, calefacción y agua en muchas ciudades.
La urgencia informativa se ha desplazado hacia otros escenarios conflictivos. Pero para quienes llegaron huyendo de Ucrania el calendario se detuvo hace más de cuatro años. Como la de Iryna, la vida de muchos sorianos de adopción continúa aquí, pero su preocupación sigue allí.
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