En 1951, Juan Antonio Gaya Nuño cambió Madrid por una cueva junto al Duero para hacerse figuradamente santero de San Saturio. Durante un año escribió un quincenario sobre Soria y los sorianos con un lenguaje tan afilado como cargado de palabras que ya entonces sonaban antiguas. Soria Noticias repasa las expresiones más curiosas de ‘El santero de San Saturio', un libro que es, también, un pequeño diccionario de un habla que se ha ido perdiendo.
Hay libros que cuentan una historia y libros que, además, guardan un idioma. ‘El santero de San Saturio’ es de los segundos.
Cuando el santero de Juan Antonio Gaya Nuño volvió a su Soria natal y se hizo cargo de la ermita junto al río, no solo escribió sobre mendigos, indianos, curas y crímenes: escribió en un castellano soriano de mediados del siglo XX que hoy resulta casi exótico. Repasamos algunas de las palabras y expresiones que más llaman la atención, con su significado y el contexto en que aparecen.
El libro está poblado de términos que ya no existen en nuestro vocabulario. Los ‘guardapuertas’, por ejemplo, esos empleados municipales apostados en las entradas de la ciudad para cobrar el impuesto de consumos a quien entraba con mercancía. El narrador los describe con cariño, como hombres que cumplían "un inútil oficio desaparecido en todo el mundo". Hoy, la Real Academia de la Lengua recoge el término, aplicado a “la cortina que se pone delante de una puerta”.
También aparece el "matutero", el que practicaba el contrabando menor o matute, una palabra que sigue existiendo en el diccionario, a diferencia del ‘riquejo’ o ‘riqueja’, termino coloquial utilizado por el escritor para designar al acomodado del pueblo, casi siempre con un punto burlón.
Un verbo hoy en desuso, "porfiar", aparece una y otra vez para describir el regateo eterno de las ferias: nadie compraba nada en Soria sin porfiar antes largamente. El vocablo está magistralmente usado en su tercera acepción del Diccionario de la RAE: “Intentar con tenacidad el logro de algo para lo que se encuentra resistencia”.
La economía rural soriana tenía su propio vocabulario. Se pagaba en "especie frumentaria", es decir, en grano —trigo, cebada, centeno—, y los anuncios de empleo hablaban de "fanegas" y "celemines" como unidades de medida tan naturales como hoy lo son los kilos. Los tres términos siguen hoy vigentes en el diccionario.
La expresión "para tratar", que cerraba los anuncios de trabajo, no significaba simplemente "negociar", sino entrar en ese ritual casi diplomático del regateo que el autor compara con la alta política.
El dinero menudo tenía también su propio lenguaje, con palabras hoy desaparecidas de nuestro vocabulario por la evolución del sistema monetario español. En la sociedad del santero de Gaya, se pagaba con "perra gorda” y "perra chica", que designaban monedas de diez y cinco céntimos, y el "real" seguía usándose como unidad de cuenta mucho después de la llegada del sistema métrico decimal (sic), lo que Gaya Nuño señala con sorna comparando a los sorianos con los británicos y su resistencia a cambiar de medidas: "Y en siete y perra gorda, lo que traducido al sistema métrico decimal, tan difícil para sorianos como para británicos, componían una peseta con ochenta y cinco céntimos".
El "morapio" o "vinacha" eran formas coloquiales de nombrar el vino, casi siempre acompañadas de adjetivos cariñosos. Comer cordero o cabrito al fuego se llamaba simplemente "asado", mientras que el pescado sin conservar recibía el nombre de "fresco", por oposición.
Las "ventas" y "ventorros" —establecimientos de comida en las afueras— y los "merenderos" completaban un paisaje gastronómico donde la "minuta" de cualquier domingo incluía perdiz escabechada, ensalada con bonito y, siempre, mucho pan y mucho vino. Hoy, estos cuatro términos continúan 'vivos'.
Gaya Nuño dedica páginas enteras a los casinos de la ciudad —el de Numancia y el de la Amistad— y a sus rituales: el "tresillo", definido hoy como juego de naipes en el diccionario, a diferencia de la 'garrafiña' y la 'tarota'. Todos juegos de cartas que ocupaban las tardes de jueces, médicos y funcionarios.
La palabra "cachupinada" (reunión de carácter festivo en nuestro diccionario del siglo XXI) designaba esas fiestas de sociedad provinciana, entre ingenuas y pretenciosas, que el autor recuerda con una mezcla de ternura y burla.
Un capítulo entero está dedicado a las prostitutas de la ciudad, a las que con eufemismo se llamaba "las de allá arriba", por estar su calle en la parte alta de Soria. El autor insiste en que el único nombre permitido en sociedad para hablar de ellas era ese rodeo geográfico.
Más allá de las palabras sueltas, el libro está sembrado de dichos que retratan el carácter soriano. Frases como "lo mismo me da tenerlo que tener los cuarenta duros" —para zanjar un regateo— o "está muy propio" —para elogiar algo que se parece mucho a la realidad— muestran ese habla parca y sentenciosa que Gaya Nuño atribuye a los campesinos de la provincia. También recoge motes curiosos puestos por los pueblos a sus vecinos, como ‘El Soldate’ o ‘La Determinada’, su particular forma de humor.
Y queda, sobre todo, una palabra que el propio autor acuña casi como advertencia: el "papanatismo", esa tendencia a admirar lo de fuera y despreciar lo propio, frente al "sorianismo", el orgullo de la tierra que, avisa, también puede degenerar en mezquindad si se vuelve cerrado.
Setenta años después, muchas de estas palabras han desaparecido del habla cotidiana, que no del diccionario, pero siguen vivas en este libro, que funciona como un pequeño museo del castellano que se hablaba junto al Duero a mediados del siglo pasado.
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