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Los secretos mejor guardados de Soria: viajes que casi nadie cuenta

Los secretos mejor guardados de Soria: viajes que casi nadie cuenta

Actualizado 25/07/2026 20:00

Hay una Soria que todos conocen y otra que no es protagonista. Más allá de los destinos que aparecen una y otra vez en las guías de viaje, hay lugares cargados de historia, belleza y memoria que apenas conocemos. Este recorrido propone detenerse en algunos de esos rincones donde el tiempo parece haberse quedado quieto.


Tenemos una Soria que aparece una y otra vez en las guías de viaje. Es la provincia del Cañón del Río Lobos, Calatañazor o la Laguna Negra.

Pero existe otra, discreta, pero igualmente bella, que apenas recibe visitantes.

En Soria hay lugares donde la historia no está señalizada, sino que la cuentan las piedras, se esconde bajo tierra o se imagina en una estación ferroviaria donde los trenes, pocos, la atraviesan sin detenerse.

Soria Noticias te lleva a alguno de ellos con ayuda de los videos de Recorriendo Soria, Soria ni te la imaginas, Soria Museum y Tu voz en Pinares.

Caracena y el cañón que el turismo olvidó

Hay pueblos que parecen dormir en el tiempo, como en La Cenicienta de Perrault. Caracena es uno de ellos. Su silueta, dominada por el castillo y por las torres de dos extraordinarias iglesias románicas, justifica un viaje de más de una hora (86 kilómetros) desde Soria.

Desde el pueblo parte un recorrido que acompaña al río Caracena por un cañón de cerca de seis kilómetros que permanece sorprendentemente al margen de los circuitos senderistas más conocidos. El camino conduce hacia Tarancueña entre paredes calizas, anidamientos de buitres, vegetación de ribera y un silencio difícil de encontrar en otros espacios naturales más concurridos.

En mitad del recorrido aparecen Los Tolmos, dos enormes moles de roca que vigilan el valle desde tiempos inmemoriales. A sus pies se documentó un asentamiento de la Edad del Bronce, prueba de que estas hoces ya servían de refugio y lugar estratégico hace más de tres mil años.

En pocos kilómetros conviven geología, arqueología, naturaleza y uno de los conjuntos románicos más destacados de la provincia en un paraje donde el mayor lujo consiste precisamente en no cruzarse con nadie.

La cueva escondida de Villaciervos y la misteriosa Bañera de la Reina

A 30 escasos minutos de la capital existe un pequeño mundo subterráneo que pasa completamente inadvertido para la mayoría de quienes circulan por la zona.

La cueva de Villaciervos ofrece un recorrido sencillo, apto para casi cualquier visitante, pero suficiente para descubrir cómo el agua ha ido modelando la roca durante miles de años.

El punto culminante llega al final del trayecto, donde una curiosa formación calcárea recibe el evocador nombre de la Bañera de la Reina. Es un 'gour', una formación geológica para la que no hacen falta grandes conocimientos de espeleología para disfrutarla. Basta una linterna, calzado adecuado y ganas de contemplar un paisaje completamente distinto al que ofrece la superficie.

Un mosaico entre campos

Mientras buena parte de la atención se dirige a Numancia, existe otro rincón donde la presencia romana sigue aflorando bajo la tierra.

La villa romana de La Dehesa en Las Cuevas de Soria (a 20 kilómetros al suroeste de la capital) demuestra que hace casi dos mil años estas tierras también acogieron grandes explotaciones agrícolas pertenecientes a familias acomodadas. Sus mosaicos, pavimentos y restos constructivos permiten imaginar cómo era la vida cotidiana en el campo durante el Imperio Romano.

No tiene la fama de otros yacimientos, quizá precisamente por encontrarse alejada de los grandes recorridos turísticos, pero posee un enorme valor para comprender cómo se organizaba el territorio mucho antes de que existieran los actuales pueblos sorianos. Es el lugar donde las teselas, perfectamente conservadas, te permiten viajar veinte siglos atrás.

El torreón musulmán donde el agua sigue marcando el paisaje

Chaorna, a una hora y cuarto de la capital (104 km) apenas reúne un puñado de vecinos durante el invierno, pero conserva un patrimonio que sorprende por inesperado.

Sobre el caserío permanece en pie un antiguo torreón de origen musulmán, vestigio de aquella extensa frontera que durante siglos dividió los reinos cristianos y Al-Ándalus. Muy cerca, una pequeña cascada y la conocida Fuente de Chaorna rompen el silencio en un estrecho barranco donde el agua ha excavado la roca durante siglos.

El término junto con Iruecha, Judes, Algondrón y parte de Sagides está protegido medioambientalmente y son Lugar de Interés Comunitario de los Sabinares del Jalón. Desde el pueblo existe un camino que parte hacia la Laguna de Judes.

El contraste entre la arquitectura defensiva medieval y el frescor del entorno convierte la visita en una combinación poco habitual. Es un destino perfecto para quienes buscan pequeñas historias alejadas de las grandes aglomeraciones.

Las huellas de dinosaurio que atraviesan calles

Hace más de 130 millones de años, cuando gran parte de la actual Soria era una extensa llanura húmeda, los dinosaurios caminaban dejando sus pisadas sobre el barro. Hoy esas huellas siguen visibles.

La Ruta de las Icnitas de Tierras Altas reúne algunos de los yacimientos más importantes de España. A tres cuartos de hora de la capital, en Fuentes de Magaña se conservan más de trescientas icnitas perfectamente identificadas, mientras que en Bretún las pisadas aparecen prácticamente integradas en el propio pueblo.

Pocos lugares permiten contemplar con tanta claridad el rastro directo de animales que desaparecieron hace millones de años. Es una propuesta especialmente atractiva para las familias, pero también para cualquier aficionado a la geología o la paleontología.

El cementerio excavado en roca hace más de mil años

La Sierra de Urbión suele atraer visitantes por sus bosques, sus ríos o la cercanía del nacimiento del Duero. Sin embargo, muy pocos conocen uno de los conjuntos arqueológicos medievales más singulares de Castilla y León.

En Duruelo de la Sierra (a 55 kilómetros de Soria) se conserva una extensa necrópolis rupestre formada por cerca de un centenar de tumbas excavadas directamente sobre la roca entre los siglos IX y XIII. Muchas presentan forma antropomorfa y aún permiten distinguir la silueta destinada a acoger el cuerpo del difunto.

No hay grandes monumentos ni reconstrucciones espectaculares; únicamente piedra, bosque y el paso de los siglos. Precisamente por esa sencillez, el lugar mantiene una poderosa capacidad para impresionar.

Donde los trenes pasan, pero no se detienen

Hay lugares que despiertan una sobrecogedora nostalgia incluso en quien los visita por primera vez. La estación de Torralba del Moral pertenece a esa categoría.

Inaugurada en 1892 (el edificio data de 1904), durante décadas fue uno de los grandes nudos ferroviarios del interior peninsular. Desde aquí partía el ramal hacia Soria y numerosos viajeros cambiaban de tren camino de Madrid, Zaragoza o Barcelona.

Los andenes bullían de actividad y no es difícil adivinar una cafetería llena de maletas de cartón de principios de siglo, con el silbato del jefe de estación de fondo marcando el ritmo de un lugar que conectaba la provincia con el resto del país a través del túnel que hoy sigue siendo el más largo de Soria: 3.330 metros.

Hoy, todo es silencio. El edificio conserva una belleza melancólica, con su arquitectura ferroviaria clásica, amplios andenes, marquesinas y vías que parecen perderse en el horizonte. Cada día siguen atravesándola un puñado de trenes, pero la mayoría ya no se detienen.

Es uno de esos lugares donde resulta inevitable imaginar despedidas y reencuentros. Más que una estación, Torralba es un magnífico escenario para recordar que hubo un tiempo en que el tren era sinónimo de progreso y de esperanza.

El pueblo fantasma en una fortaleza natural

El silencio es parte del paisaje en Peñalcázar. Encaramado sobre una espectacular muela rocosa en el noreste de la provincia (a unos 54 km en coche, más uno andando), este antiguo enclave fronterizo fue durante siglos una plaza estratégica entre los reinos cristianos y musulmanes. Hoy apenas quedan muros, calles desdibujadas y las ruinas de un castillo que todavía domina el horizonte, pero recorrerlo sigue siendo un viaje fascinante a la Soria medieval.

Pasear por Peñalcázar es hacerlo entre los restos de un pueblo abandonado que conserva la estructura de sus antiguas calles, viviendas, murallas y edificios religiosos. No hay apenas visitantes, ni comercios, ni el bullicio habitual de otros conjuntos históricos. Solo piedra, viento y una sensación constante de que el tiempo decidió detenerse aquí hace décadas.

Precisamente ese abandono ha convertido al despoblado en uno de los símbolos del patrimonio en peligro de la provincia. En 2008, la asociación Hispania Nostra incorporó Peñalcázar a su Lista Roja, al considerar que su deterioro suponía un riesgo real para su conservación. Sin embargo, lejos de restarle atractivo, esa fragilidad convierte la visita en una experiencia difícil de olvidar. Desde las antiguas defensas se contempla un inmenso paisaje de parameras y campos abiertos que ayuda a entender por qué este lugar fue tan codiciado durante siglos.

Peñalcázar no aparece entre los grandes reclamos turísticos de la provincia. Quizá precisamente por eso conserva intacta su capacidad para emocionar.

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