Ha fallecido Alfredo Jimeno, arqueólogo soriano y una de las personas que más ha contribuido a conocer y divulgar el yacimiento de Numancia.
Numancia y Soria lloran hoy la muerte de Alfredo Jimeno, conocida esta mañana. El arqueólogo soriano, investigador, profesor universitario y, sobre todo, gran conocedor y divulgador del yacimiento garreño, deja detrás una larga trayectoria dedicada a explicar el pasado de Soria y a acercarlo a todo tipo de públicos.
Hay personas a las que uno termina asociando a un lugar. A Alfredo Jimeno era imposible no asociarlo a Numancia. Durante décadas, su nombre ha estado unido al cerro de Garray, a las excavaciones y a la voluntad de explicar que detrás de la leyenda había una historia mucho más compleja y mucho más humana.
Soria pierde a uno de sus grandes divulgadores. Pero quienes hemos tenido la oportunidad de tratar con él perdemos algo más difícil de reemplazar: a una persona cercana siempre dispuesta a responder. Alfredo, hombre paciente con la prensa, entendía las limitaciones de nuestro oficio y nunca hizo sentir al periodista que preguntaba demasiado, demasiado poco o que ignoraba aquello que él llevaba media vida estudiando.
El periodista vive sometido a la urgencia. Alfredo, no. Él pertenecía a otro tiempo. Buscaba nuestros orígenes y sabía que para comprenderlos había que detenerse. Explicaba, matizaba y volvía sobre las cosas cuando era necesario. Y, pese a esa diferencia de ritmos, la relación entre Jimeno y la prensa fue durante años mucho más que profesional. Había confianza.
Quizá porque Alfredo nunca se comportó como alguien que estuviera por encima de los demás. No era un investigador altivo ni distante. En 2019 lo explicó a Soria Noticias con una frase que hoy adquiere un significado especial: “No soporto alguien que se crea más que los demás por algún motivo. Detesto la soberbia en los seres humanos, creo que nos hace un flaco favor a la sociedad, y nos hace peores personas a todos”. No era una declaración impostada. Quienes le conocieron podían reconocer en ella su manera de estar en el mundo.
Alfredo dedicó su vida a estudiar el pasado, pero cuando se le preguntaba por sus momentos más felices, no necesitaba recurrir a grandes descubrimientos ni a reconocimientos académicos. “El mejor momento del año es cuando me reúno con mis hijas y mi mujer”, confesaba a esta redacción. Detrás del investigador que podía hablar durante horas sobre la Edad del Hierro había, sencillamente, un hombre que valoraba estar con los suyos.
Y eso ayuda también a entender su manera de acercarse a Numancia. Alfredo no se conformó con desenterrar piedras ni con reconstruir una historia a partir de textos antiguos. Quiso saber cómo se vivía allí. La arqueología experimental fue una de sus herramientas: levantar reconstrucciones a escala real de viviendas celtíberas y romanas permitía acercar el yacimiento al visitante, pero también plantear preguntas que no siempre podían resolverse sobre el papel.
Ese modo de investigar, casi detectivesco, contribuyó a cambiar la mirada sobre Numancia. El yacimiento dejó de ser únicamente el escenario de una epopeya porque Alfredo ayudó a devolverle esa dimensión humana.
Por eso resulta difícil hablar de Numancia sin hablar de Jimeno. Fue director del Plan Director del yacimiento desde 1994 y convirtió aquella investigación en una tarea sostenida durante décadas. Doctor en Historia por la Universidad de Zaragoza, profesor en el Colegio Universitario de Soria y, desde 1987, en la Universidad Complutense de Madrid, donde desarrolló buena parte de su carrera hasta su jubilación en 2020, acumuló una trayectoria académica extensa: proyectos de investigación, publicaciones, conferencias, tesis doctorales y trabajo de divulgación.
Pero quizá su legado en Soria no se mida únicamente en publicaciones o cargos académicos. También está en las personas que aprendieron a interesarse por la arqueología gracias a él, en quienes visitaron Numancia entendiendo un poco mejor lo que estaban viendo y en las asociaciones e iniciativas que ayudó a poner en marcha, desde los Amigos del Museo Numantino hasta Tierraquemada y la Escuela Arqueológica de Numancia, entre otras.
Alfredo se va, además, sin haber visto cumplido uno de sus sueños: que Numancia tenga sobre el propio cerro un centro de recepción de visitantes a la altura de lo que representa el yacimiento. Lo defendió durante años porque entendía que explicar Numancia también era una forma de cuidar Soria y de hacer que su patrimonio pudiera ser comprendido y valorado.
Quizá esa sea una de las mejores maneras de recordar ahora a Alfredo. No solo como al arqueólogo que dedicó buena parte de su vida a buscar respuestas bajo la tierra, ni como al profesor que formó a generaciones de estudiantes, sino como al soriano que consiguió que muchos miráramos de otra manera un lugar que siempre había estado ahí.
Nos quedará Numancia. Nos quedarán sus libros, sus investigaciones y todo lo que ayudó a descubrir. Pero a quienes tuvimos la suerte de tratar con él nos quedará, sobre todo, su recuerdo. El de un hombre generoso con su conocimiento y poco amigo de la soberbia. Descanse en paz.
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