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La geógrafa humana Mercedes Molina ayuda a entender Ceuta más allá de la polémica

La geógrafa humana Mercedes Molina ayuda a entender Ceuta más allá de la polémica

Actualizado 07/09/2026 19:46

La soriana Mercedes Molina Ibáñez, catedrática emérita de Geografía Humana y una de las voces académicas que más ha trabajado sobre los desequilibrios territoriales en España, analiza para Soria Noticias la crisis de Ceuta desde una perspectiva alejada de la confrontación política inmediata. Su reflexión sitúa lo ocurrido en un escenario mucho más amplio, en el que confluyen territorio, migraciones, desigualdades sociales, relaciones internacionales y derechos humanos. "No se puede concebir bajo una óptica sola", advierte.


Soriana y catedrática emérita de Geografía Humana, Mercedes Molina ha desarrollado buena parte de su trayectoria académica e investigadora en torno a las estrategias y políticas de desarrollo y al desarrollo local. Su conocimiento de los desequilibrios territoriales, una materia a la que ha dedicado décadas de trabajo y reflexión, aporta una perspectiva diferente a la hora de interpretar una crisis como la de Ceuta.

Molina Ibáñez observa lo que está sucediendo desde una disciplina, la Geografía Humana, acostumbrada a observar cómo el territorio condiciona los procesos sociales, económicos y demográficos. Y desde una trayectoria universitaria que ha incluido responsabilidades como el decanato de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid durante 12 años.

Para Mercedes Molina, lo ocurrido en Ceuta no admite explicaciones simples. La catedrática considera que la dimensión de la crisis obliga a escapar de la lectura exclusivamente política o coyuntural y a incorporar una perspectiva más amplia. "No se puede concebir bajo una óptica sola", advierte en entrevista con Soria Noticias.

"Nunca hemos visto que una ciudad española sea..., no sé qué palabra emplear para que sea correcta, invadida, ocupada, asaltada por un número de personas que casi coincide con el de la población ceutí. Y, dada la información que tenemos, todavía no sabemos en realidad qué causas han motivado esa situación", inicia su análisis.

Frontera europea

La geógrafa soriana identifica, al menos, cuatro dimensiones inseparables: un problema grave de territorio, un problema grave de migraciones, los desequilibrios y desigualdades sociales que afectan a África y, finalmente, un problema de carácter humanitario. Todo ello, añade, debería abordarse "con carácter de Estado".

Su primera aproximación es territorial. Molina subraya que Ceuta es una ciudad española y, por tanto, considera especialmente relevante la naturaleza de lo sucedido. Pero introduce inmediatamente una segunda dimensión: Ceuta es también territorio europeo. "Es la frontera más meridional de la Unión Europea y la única frontera real que tenemos en África", señala a este periódico.

Desde esa perspectiva, cuestiona la respuesta que históricamente han recibido Ceuta y Melilla dentro del marco europeo, donde no se las contempla como territorios ultraperiféricos, a diferencia de las islas Canarias. Considera "verdaderamente preocupante" que ambas ciudades no hayan tenido un reconocimiento específico acorde con su situación geográfica y estratégica. Para Molina, su posición no puede entenderse únicamente en términos de distancia respecto a los centros de desarrollo europeos, sino también por el papel que desempeñan como espacios fronterizos.

"Ese carácter estratégico no lo podemos olvidar", insiste. Y precisamente por ello reclama una mayor implicación comunitaria. A su juicio, Europa no puede mirar hacia otro lado ante una crisis que se desarrolla en su propia frontera meridional.

Funcionarios y recursos "suficientes"

Su crítica alcanza igualmente a la reacción inicial del Gobierno español, que, a su juicio, "ha actuado tarde" y no percibió desde el primer momento la verdadera dimensión del problema.

La soriana considera que la gravedad de la situación requería una respuesta inmediata y permanente sobre el terreno. "Esto me parece tan serio que es para constituir de verdad un comité de crisis", sostiene. Pero no un órgano meramente formal, sino una estructura instalada en la propia ciudad, con funcionarios y recursos suficientes para afrontar la situación.

Su preocupación se centra especialmente en los plazos. "Si hay que generar más recursos para ello, que se hagan, pero ya", reclama. La rapidez, sin embargo, no debe estar reñida con las garantías legales. Molina insiste en que cualquier actuación debe realizarse correctamente y sin lesionar "los derechos de las personas que se encuentran en estos momentos ahí".

Entre los riesgos que identifica aparece uno de carácter social: que la crisis termine trasladándose a la convivencia interna de Ceuta. La geógrafa recuerda que se trata de una ciudad con una larga tradición de convivencia entre comunidades, creyentes y no creyentes y personas de diferentes sensibilidades políticas. "No ha habido problema ni conflicto social", afirma sobre esa realidad histórica.

Una división inédita hasta ahora

Precisamente por ello teme que la prolongación de la crisis y determinados discursos puedan alimentar una división inexistente hasta ahora. "Eso se puede ir produciendo", advierte, y expresa su preocupación por quienes puedan contribuir a la radicalización del debate.

Respecto al papel de Marruecos, Molina es especialmente prudente. Rechaza realizar acusaciones o atribuir responsabilidades sin disponer de información contrastada. "Yo no tengo información ni para decir una cosa u otra", reconoce. Esa cautela no impide que cuestione la ausencia de una respuesta diplomática de mayor alcance. Le sorprende que, ante una situación de semejante gravedad, no se hubiera producido una reunión de alto nivel para analizar lo sucedido y establecer mecanismos de colaboración. España y Marruecos, recuerda, mantienen numerosos acuerdos, al igual que Marruecos y la Unión Europea.

La geógrafa reclama, en este punto, alejarse de simplificaciones nacionalistas. "No estamos en una autarquía", afirma, "ojo con esos nacionalistas que dicen: 'yo, productos españoles', porque a lo mejor usted está comiendo un atún extraordinario que procede de aguas marroquíes, que nos lo dejan pescar en función de otros acuerdos que nos permiten a nosotros comercializar otros productos". Las relaciones económicas y políticas entre países forman parte de una realidad global en la que los acuerdos internacionales son esenciales "para mantener paz, para mantener relaciones y para mantener complementariedades".

Pero la crisis de Ceuta no puede analizarse, para Molina, sin atender a su dimensión migratoria. La profesora emérita recuerda que Europa atraviesa un proceso de envejecimiento demográfico y que la propia Unión Europea ha reconocido en distintos documentos la necesidad de población activa y de mano de obra.

"Les dejamos solos"

Por eso considera contradictoria la evolución de determinados discursos políticos sobre la inmigración. "La inmigración la hemos necesitado y la necesitamos todos los países", sostiene. Frente a la generalización y la estigmatización, recuerda que los comportamientos individuales no pueden trasladarse a colectivos enteros.

La integración, señala, exige también obligaciones para quienes llegan. La población inmigrante debe adaptarse a las leyes y normas del país de acogida, pero rechaza convertir esa exigencia en un argumento para alimentar el rechazo generalizado. "No vamos a estigmatizar a la gente", afirma.

Molina sitúa las migraciones en un contexto histórico y económico mucho más profundo. Para comprender por qué miles de personas abandonan sus países, considera imprescindible mirar hacia las desigualdades que separan unas regiones del mundo de otras. "La gente se va porque no puede vivir en sus territorios", resume.

Y recuerda que buena parte de África arrastra las consecuencias de la colonización europea, basada en la explotación de recursos, y de unos procesos de descolonización que dejaron territorios con fronteras artificiales, instituciones débiles y profundas desigualdades. "Los dejamos solos sin unas instituciones sólidas", afirma al recordar aquel proceso histórico.

Mientras tanto, añade, existen sociedades con enormes recursos naturales y poblaciones que continúan viviendo en condiciones de extrema precariedad. "La gente se va porque no puede vivir y ve que en otros países, en Europa, en América, en Asia, tienen posibilidades de vida y de trabajo".

Protección para los menores

Esta realidad introduce, a su juicio, una dimensión humanitaria que no puede quedar relegada por el debate político. Las desigualdades tienen consecuencias sociales y políticas. "Las desigualdades generan violencia y las desigualdades generan descontento y las desigualdades generan radicalismo", advierte, recordando la primavera árabe.

La protección de los menores constituye otro de los aspectos sobre los que llama a evitar respuestas automáticas. Molina cuestiona el argumento de que cualquier menor debe regresar sin más junto a su familia y recuerda situaciones especialmente graves. Habla de niñas que han huido de matrimonios concertados siendo menores, de víctimas de abusos sexuales y de personas que necesitan protección.

"No todas las familias protegen a los menores como deben", afirma. Por ello defiende que las instituciones actúen atendiendo a cada circunstancia y que la protección de las personas vulnerables esté por encima de los discursos simplificadores.

Su análisis alcanza finalmente al clima político generado alrededor de Ceuta. Molina considera que el Gobierno tiene responsabilidades por la gestión inicial de la crisis, pero también reprocha a la oposición su forma de abordar un problema que debería exigir propuestas y cooperación institucional.

Crispación política y social

La discrepancia es legítima y necesaria en una democracia, sostiene, pero "la oposición en la discrepancia tiene que hacer propuestas". Le preocupa la creciente crispación política y social y la facilidad con la que los mensajes radicalizados encuentran amplificación.

Por eso reclama "serenidad y rigor". Advierte contra la utilización de titulares o informaciones sin suficiente contraste y recuerda también la responsabilidad de los medios de comunicación en la difusión de los acontecimientos.

Su conclusión devuelve el análisis al territorio, el ámbito desde el que ha desarrollado su trayectoria académica. Ceuta, insiste, debe entenderse como una crisis compleja, en la que confluyen fronteras, migraciones, desigualdades económicas, relaciones internacionales, derechos humanos y responsabilidades institucionales.

"Tomemos lo de Ceuta como un problema de crisis territorial grave", propone. Una crisis que exige una respuesta "multinivel", desde la Unión Europea hasta el Estado y las comunidades autónomas, y una "corresponsabilidad de todos".

Molina no elude su crítica a la gestión política, pero tampoco acepta que el debate se reduzca a la búsqueda de culpables o a la confrontación partidista. Defiende los derechos de los ciudadanos de Ceuta, reclama una respuesta institucional rápida y eficaz y, al mismo tiempo, recuerda la dimensión humana de quienes llegan a la frontera.

Porque, en última instancia, su lectura de la crisis parte de una idea que atraviesa toda su reflexión: "La gente se va porque quiere buscar otras posibilidades". Comprender por qué lo hace, sostiene, es tan necesario como gestionar las consecuencias de su llegada.

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