Las nuevas zonas verdes surgidas de la integración urbana de las travesías prometían una ciudad más habitable, sostenible y amable. Meses después de su inauguración, la primera primavera ha dictado sentencia: el verde ha llegado, sí, pero no exactamente como se había imaginado.
El relato oficial era impecable. El Ministerio anunciaba hace pocos meses la culminación de las obras de integración urbana de seis kilómetros de las carreteras N-234 y N-111 a su paso por Soria con casi 17.000 metros cuadrados de nuevas zonas verdes y ajardinadas que debían marcar un antes y un después en la fisonomía urbana de avenidas como la de Valladolid o Eduardo Saavedra. Humanización, sostenibilidad y convivencia entre peatones y naturaleza: el vocabulario político era el adecuado.
Desde el Ayuntamiento se reforzaba el mensaje con una idea irrefutable: apostar por especies autóctonas que permitieran reducir los costes de mantenimiento.
“Son seres vivos y necesitan su proceso. En un futuro se va a ver verde y bonito”, explicaba en noviembre la concejala de Medio Ambiente, Yolanda Santos, tras las primeras plantaciones. El tiempo le ha dado la razón a medias: verde es y los costes de mantenimiento se han reducido en extremo. Lo de bonito sigue en fase experimental.
La realidad constatada por Soria Noticias, a pie de rotonda, ha ido derivando hacia una reinterpretación muy libre del concepto de zona ajardinada.
Donde se esperaba diseño paisajístico, emerge una nueva categoría botánica no catalogada en los folletos institucionales: mala hierba.
No parece quedar ya estramonio, pero una suerte de biodiversidad espontánea convierte cada glorieta en un descampado donde la maleza comienza a secarse siguiendo su ciclo de vida natural.
Quizá el malentendido estaba en el propio concepto de partida. Cuando se hablaba de “nuevo modelo de ciudad” y de integrar el espacio peatonal con elementos naturales, tal vez no se trataba de humanizar la ciudad, sino de ruralizarla.
Soria, en ese sentido, ha dado un paso audaz: borrar la frontera entre lo urbano y lo silvestre hasta hacerla prácticamente irreconocible.
No hace falta aspirar a estándares imposibles. Nadie exige replicar el cuidado casi obsesivo de ciudades como Oviedo, donde el mantenimiento roza lo quirúrgico y cada parterre parece tener asignado un vigilante. Tampoco se trata de importar jardines atlánticos que el clima soriano difícilmente sostendría, ni de coronar las rotondas con una réplica de La Cibeles. Pero entre ese ideal y la actual estética de tierra en barbecho hay, probablemente, un término medio razonable.
Los estragos que ha hecho en los alcorques y jardineras esta primera primavera, evidencia que el problema no se limita a algún árbol seco o a alguna malla de contención de malas hierbas levantada.
El problema es que el campo no tiene puertas y tanta rotonda y espacio verde diseminado por la ciudad necesita una gran plantilla de jardineros de la que carece actualmente el Ayuntamiento y la empresa adjudicataria del servicio.
Así, las nuevas zonas verdes de Soria, que en unos días de calor perderán su frescura, han conseguido generar debate sobre qué significa realmente transformar una ciudad. Entre la promesa institucional y la realidad que brota sin control, la distancia se mide en centímetros de (mala) hierba… y en la ausencia de tijeras de podar.
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