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El 'dios' soriano de 'El Santero de San Saturio'

El 'dios' soriano de 'El Santero de San Saturio'

Actualizado 04/07/2026 20:58

'El Santero de San Saturio' es como una escuela de pensamiento viva. En el libro de Juan Antonio Gaya Nuño, los labriegos que encajan las desgracias sin aspavientos son estoicos sin saberlo, un viejo serrano que manda a sus hijos a América es Saturno reencarnado y el Duero merece sacrificios romanos.


‘El santero de San Saturio’ de Gaya Nuño usa la filosofía y la mitología para mirar a la sociedad soriana. Gaya usa a los estoicos para entender a sus vecinos, a Saturno para explicar la despoblación, a los dioses fluviales para hablar del paisaje y a Horacio para trazar la frontera entre la sabiduría y la estrechez de miras.

Es una de las cosas que hace de ‘El santero de San Saturio’ algo más que una crónica de provincias. Gaya entiende que Soria y Grecia, Numancia y Roma, el Duero y el Mediterráneo no son mundos separados sino variaciones del mismo problema humano: cómo vivir con dignidad en un lugar pobre, cómo morir sin aspavientos, cómo recordar sin quedarse atrapado en el pasado.

Soria como escuela estoica

El capítulo más filosófico del libro se titula ‘Estoicos y cínicos ante la muerte’ y arranca con una de las escenas más extrañas de la literatura costumbrista española: un paisano apodado ‘El Canario’ se acerca a la puerta del depósito de cadáveres donde yace su compañera sentimental y, tras confirmar la muerte por el ojo de la cerradura y “sin moverse de ante la puerta, se bajó las bragas, se acuclilló, y estercoló el césped”. Sin lágrimas, sin palabras, sin duelo visible.

Gaya Nuño observa en ese gesto "un refinamiento de amargura cínica propia de pueblos nada primitivos, sino muy viejos, muy instruidos en el dolor". El Canario, dice, habría intuido sin saberlo "las mejores esencias del existencialismo".

Y frente al cínico, Gaya sitúa a un estoico. Otro soriano, al descubrir que tiene una enfermedad mortal, recorre las tabernas, da la mano a sus amigos, les anuncia que va a casa a morirse y efectivamente muere. Gaya Nuño lo llama "una muerte socrática, justa, perfecta, digna de Epicteto, de Marco Aurelio y del buen padre de Jorge Manrique".

La comparación no es decorativa. El argumento real es que el estoicismo no es una filosofía importada de Grecia sino una actitud que el paisaje, el clima y la historia de Soria han destilado de forma independiente en sus habitantes. Es una estrategia de supervivencia de siglos.

“Porque a 1.056 metros sobre el nivel del mar, se comprende que las desgracias puedan recibirse, como en El Cuzco o en el Himalaya, con impasibilidad horra de gestos y desmelenamientos, es decir, con estoicismo del mejor cuño, sin gritos ni ademanes; la cara presentada serenamente al infinito”.

Esta idea atraviesa todo el libro. Los labriegos sorianos que no se quejan, los campesinos que reciben las calamidades con una frase escueta y siguen trabajando, el arriero enlutado que dice "qué se ha de hacer, señor, así es la vida" ante la muerte de su hijo: todos son, para Gaya Nuño, estoicos sin saberlo. Marco Aurelio habría reconocido en ellos a sus alumnos más fieles.

Horacio en la Imprenta Provincial

Hay una referencia filosófica más discreta pero igualmente precisa. En el capítulo sobre el papanatismo soriano, Gaya Nuño describe a un empleado de la Imprenta Provincial, ‘El Emilio’, que nunca salió del término municipal de Soria. Rechazaba trenes, automóviles, ciudades. Cuando le reprochaban no haber visto jamás un ascensor, lo definía con exactitud geométrica y seguía sin moverse.

Gaya Nuño califica su actitud como "la tranquila contemplación horaciana de la vida" y cita el 'Beatus ille' de las 'Épodas': el elogio horaciano de quien abandona la ambición y vive contento con poco.

Saturno en la sierra

La mitología aparece en el libro de un modo diferente: no como categoría filosófica sino como figura para resumir algo que de otro modo requeriría muchas palabras. El caso más brillante está en el capítulo sobre los indianos, esos sorianos que emigran a América buscando fortuna.

Un viejo serrano de Magaña llega a la ermita con su hijo recién llegado de Buenos Aires. Habla sin parar, exhibe al muchacho como un trofeo, cuenta que planea hacer lo mismo con el hijo que está por nacer, o convertirlo en cura, para asegurarse una vejez cómoda. Gaya Nuño le escucha, le reprocha en voz baja y al despedirse le llama "señor Saturno". El viejo lo corrige: "No Saturio, que Secundino es mi gracia." No ha entendido nada.

Saturno, el dios romano que devora a sus propios hijos, es la imagen exacta de un fenómeno que Gaya Nuño considera central en la tragedia demográfica de Soria: los padres que vacían la tierra enviando a sus hijos a América o al seminario, no por altruismo sino por egoísmo calculado, para garantizarse un seguro de vejez.

“Y así te estás comiendo a este torpe hijo indiano, y así te comerás al que lleva en el vientre la moza de Valtajeros. ¡Ya os conozco bien, ancianos saturnos de la sierra de Soria!”

El Duero como divinidad

El momento más sostenido de pensamiento mitológico lo contiene el capítulo final, ‘Sobre el Duero’, “dios fluvial de los que representaba el arte helenístico como hombre barbudo, recostado sobre un ánfora que deja verter aguas”.

Pero Gaya Nuño va más lejos. Le habla directamente al río, le pregunta por sus recuerdos de Gormaz "cuando luchaban entre sí mis moros de Córdoba y mis caballeros de Castilla", le reprocha haber presenciado solo guerras civiles, le agradece haber templado "la hoja de las falcatas numantinas"...

El río es el único elemento permanente en una tierra donde todo lo demás cambia: las gentes emigran, las costumbres se transforman, las ciudades crecen y decaen. El Duero sobrevive a todo eso y por eso merece, dice, "ofrendas de palomas, suovetaurilias, hecatombes de verdad, de las de cien bueyes".

Que un intelectual laico, escéptico y con una maleta llena de Sartre y Dostoievski termine su libro invocando sacrificios romanos a un dios fluvial parece una contradicción, pero quizá forme parte de la lógica de Gaya Nuño: cuando la realidad es lo suficientemente grande, la mitología es el único lenguaje a la altura.

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