‘El Santero de San Saturio’ no es solo el reflejo de la vida en la capital soriana. Sus páginas están llenas de pueblos reales, con nombres propios y gentes concretas.
‘El santero de San Saturio de Gaya Nuño’ contiene un auténtico mapa de la provincia, dejando constancia del profundo conocimiento que tenía el tardelcuendino de ella.
Desde el campamento levantado literariamente en la ermita del santo de la capital, Juan Antonio Gaya Nuño realiza un recorrido por los pueblos que el santero visita a lo largo de ese año, pero no es un inventario turístico, sino un catálogo de vida rural.
Gaya Nuño no da demasiados detalles de Tardelcuende, su pueblo natal, pero lo cita como el lugar de nacimiento del santero con orgullo explícito.
Cuando el funcionario del Ayuntamiento le pregunta al protagonista por su naturaleza, contesta “Tardelcuende, provincia de Soria” y añade que lo dijo “muy ufano, como un probable mérito, aunque en mi pueblo sólo creen en la Virgen”.
Tardelcuende aparece también en el capítulo de los poetas, recordado como destino de excursiones festivas de la burguesía soriana de principios de siglo: “señoras con sombrillas y mangas de jamón que iban a comer a Quintana Redonda o a Tardelcuende, pues eran los únicos lugares donde se podía, cómodamente, ir y regresar en el día”.
A siete kilómetros de Soria, sobre el cerro de la Muela, están las ruinas de Numancia. Para Gaya Nuño, que les dedica un capítulo entero de su Santero, son mucho más que un yacimiento arqueológico: son la explicación de todo lo soriano, el origen del carácter que ve a su alrededor —el estoicismo, la austeridad, la desconfianza hacia el Estado, la resistencia sorda.
"Siempre está nublado. Nunca sale el sol, que se deja vencer por unos nubarrones negros y sólidos, suspendidos maliciosamente sobre el pueblo deshecho, gozándose en su mal."
Su descripción del paisaje numantino tiene algo de elegía y algo de alegato político. Los numantinos no defendían “sino las eternas fanegas de trigo y cebada, unos pocos bosques, algún ganado de ovejas”. No tenían vino. No tenían aceite. No sabían dónde estaba Roma. Y murieron todos. Gaya Nuño no tenía dudas: “Yo soy del bando de los numantinos”.
El santero menciona también la "aldea" de Garray junto a las ruinas, como el lugar donde todavía se ven “hombres altos y secos” que parecen directamente descendidos del estrato celtibérico. Y cita Renieblas y Castilfrío como pueblos donde viven esos “señores de la palabra breve y aguda” que son los herederos directos de los defensores de Numancia, recordando que allí, en el arroyo Merdancho, “en verano hay muy buenos cangrejos”.
Uno de los capítulos más divertidos del libro narra el intento del protagonista de Gaya Nuño de fundar un sindicato de santeros y ermitaños de la provincia. Su fracaso es total y la excursión, memorable.
El primer destino es la ermita de Nuestra Señora de Tiermes, en los alrededores de Montejo de Liceras. El santero que encuentra allí vive en la miseria más extrema —“andrajos”, una faneguilla de cebada para todo el año, cuatro celemines de trigo— y además el cura del pueblo le roba la recaudación del día de la Virgen: “se había reunido una milenta de perras gordas y pesetas. Bueno, pues el señor cura, al acabar la función, las cogió, las puso en un moquero, lo lió, y hasta otro año”.
El segundo destino es Ólvega, cuya ermita de la Virgen de Olmacedo tenía fama de hacer milagros. El santero de allí es exactamente el opuesto del de Tiermes: gordo, próspero, sentado a la sombra de una encina con plato de magro y porrón. No quiere saber nada de sindicatos. “No te hacía falta decir que eres de Soria, que es de donde salen todos esos embelecos”, le suelta. Gaya Nuño anota con sorna: “el pobre está a la de todos, y el rico a la suya sola”.
El recorrido prosigue por Casillas de Berlanga —donde el santero le cuenta al pormenor el pleito de las pinturas—, Yanguas, San Leonardo, y llega hasta el ventero de Calatañazor, que le informa de que el santero de San Miguel de Parapescuez se ha hecho pastor porque “era oficio de vagos”.
En el capítulo dedicado a los indianos, Gaya Nuño recibe en la ermita a una pareja llamativa: un viejo serrano de Magaña, huesudo, de cara de “judío converso de los que abundan en la sierra”, y su hijo Venancio, que lleva cinco años en Buenos Aires y ha vuelto convertido en un “repeinado porteño” con anillos de oro y traje a cuadros.
El viejo, Secundino Almarza, no puede disimular el orgullo de enseñar al mozo por Soria “igual que los húngaros y gitanos enseñan sus osos amaestrados”. El retrato que hace Gaya Nuño del ciclo de la emigración soriana es despiadado, pero sin crueldad: los indianos “no prosperan demasiado”, vuelven “de otra raza, ablandados”, y a lo sumo costean una fuente o un grupo escolar.
El capítulo XXII, titulado ‘Pueblos y ciudades’, es el más sistemático del libro: Gaya Nuño hace un recorrido por la geografía humana de la provincia, de sur a norte, de este a oeste, deteniéndose donde la mirada encuentra algo que contar.
San Esteban de Gormaz arranca el itinerario: “gran pueblo en los anales de la Reconquista, que guarda el más raro y antiguo románico de la región”. Recomienda la fonda de Benito Yáñez “donde sirven bien y con limpieza superior a la del pueblo”.
El Burgo de Osma es para él una ciudad “tristísima”, demasiado pequeña para tanta catedral gótica, demasiados canónigos y chantres. Un baile llamado Noches de Shangái —“¡Shangái allí, cerca del Seminario y del Palacio Episcopal!”, escribe— le parece el colmo del anacronismo.
Berlanga de Duero recibe el mismo diagnóstico de grandeza desproporcionada: “otra ciudad tristona, con excesiva colegiata, palacio, es decir, fachada de palacio, y castillo. Y muchas tiendas de tejidos”. En la fonda del Palacín, ya desaparecida cuando escribe, las camareras eran “de saya redonda, sin desbravar, y daban bufidos a los viajantes catalanes”.
Almazán, en cambio, le cae simpático: “pueblo comercial y triguero, con buenas murallas, un palacio, una iglesia muy interesante en la plaza, y muchos cafés y bares”. Hay rumbo, dice. Montan plaza de toros de madera para la única corrida del año y la desmontan después. En las confiterías venden yemas y paciencias, “unas pastillas duras, que hay que ablandar en la boca”.
Ágreda es, en su lectura, casi Aragón: “nada tiene de castellana” y sus gentes van a toros en Zaragoza, Tudela, Borja y Tarazona. Los agredeños “vienen a ser como los adelantados de Aragón en Castilla”. La fonda de la Casiana, con vistas al Moncayo, tenía “el más barato y celebrado yantar de toda la comarca”.
Medinaceli aparece como un esqueleto: “caserío asomado, por el arco romano, a la ruta de Madrid a Barcelona”. Casi sin tiendas, casi sin habitantes.
Yanguas, en cambio, es “uno de los más lozanos, salubres y enterizos pueblos del norte de la provincia”.
El capítulo dedicado a Torralba del Moral es de los más poéticos del libro. Durante décadas, este pueblo fue la estación de empalme entre el expreso de Zaragoza y el trenecito local que subía hasta Soria.
Para los sorianos que viajaban a Madrid, Torralba era el umbral de regreso: “primer pueblo soriano, colocado ingeniosamente tras el túnel de la divisoria; primer frío helado; primeros palurdos; ausencia de prisa”.
"Ya no había prisa, porque el trenecito de Soria no arrancaba hasta horas después, ya que había de aguardar al descendente de Zaragoza."
Con la llegada del ferrocarril de Castejón, ese ceremonial casi sagrado se fue perdiendo. Gaya Nuño lo lamenta como se lamenta la pérdida de un rito.
El capítulo XX, 'Fiesta en el pueblo', no sitúa la celebración en ningún lugar concreto, pero cita a muchas: “Una aldea cualquiera, que puede llamarse con uno de los cientos y pico de topónimos de la provincia. ¿Queréis saber cómo es la fiesta de Fuentelárbol? ¿Cómo la de El Cubo de la Solana, o la de Alentisque? Pues, escuchad, porque todas son iguales”.
Es el capítulo más cinematográfico del libro, bellamente redactado. Gaya sitúa la acción en la Virgen de agosto, “cuando se derrite el solazo castellano sobre la siega”.
El barbero que no da abasto desde el amanecer. Los curas forasteros llegando desde Cascajosa a lomos de borrico, protegidos del sol con paraguas y sombrillas rosas. Los guardias civiles con guantes blancos sudados. El sermón del cura de Fuentepinilla que nadie entiende pero todos escuchan hipnotizados. La comilona con tortilla de escabeche, jamón, cordero, cochinilla, cangrejos y arroz con leche. Las únicas copas de coñac del año.
La descripción no tiene ni una pizca de condescendencia. Gaya Nuño está dentro de esa fiesta, no mirándola desde fuera. Lo que describe —“todos se aburrían, prefiriendo el trajín diario, pero antes hubiéranse dejado degollar que confesarlo”— es una observación de etnógrafo con corazón de vecino.
Gaya Nuño dedica un pasaje hermoso a los nombres de los pueblos sorianos. Los hay “con motes prohibitivos y alegadores, como Yelo, Castilfrío y Renieblas, que sugieren temperaturas árticas”.
Los hay lacónicos y rotundos “como los dichos de sus pobladores”: Nolay, Somaén, Reznos, “que parece deban acompañarse con signos de admiración”.
Los hay compuestos por su río —Langa de Duero, Molinos de Duero, Berlanga de Duero— o por su ciudad cabecera: Velilla de San Esteban, Rejas de San Esteban, Aldea de San Esteban.
Y luego están los de origen árabe —Almaluez, Almajano, Benamira— que “parecen extraídos de un parte de guerra en Trípoli o Egipto”, y que ya llevaban ese nombre cuando el Cid cruzaba la comarca. Y los medievales, como Castillejo de Robledo y Peralejo de los Escuderos, de los que Gaya Nuño recomienda, entre risas, no visitarlos “para que no se marchite la ilusión de caballeros andantes de lanza en ristre”.
El capítulo sobre los labriegos es el más serio del libro. Gaya Nuño habla de “el campesino soriano” como tipo humano —“alto o de estatura media, magro, renegrido; negro de pelo, tímido, sentencioso; agudo en el decir”— y sitúa su descripción en la comarca del campo de Gómara, la más llana y árida de la provincia.
La pobreza que describe en los albores de la década de los 50 no es pintoresca ni folclórica. Pasan su vida “entre calamidades, inclinados sobre la parda y pobre tierra”. A los hombres se les come la avitaminosis. A las mujeres, la fiebre puerperal. Y muchos de los de Gómara, escribe, “enloquecen, y los manicomios tardan muchos años en dar noticia de su defunción”. Es uno de los momentos de mayor crudeza del libro, sin retórica, sin paños calientes.
Todos los pueblos que describe Gaya Nuño son distintos entre sí, pero comparten algo: la misma tierra pobre, la misma gente de palabra breve y gestos lentos, el mismo instinto de resistencia que el escritor ve como herencia directa de Numancia. No hay nostalgia en este libro, o la hay muy poco. Sí hay, en cambio, mucha ironía.
Únete al universo Soria Noticias Descárgate nuestra APP, entra en nuestro canal de WhatsApp o síguenos en redes.